
A lo largo de la historia de Occidente, muchos filósofos creyeron en la supremacía de la razón. A esos ya los conocemos (incluso inconscientemente) porque sentaron la base de nuestro pensamiento.
Pero ¿es infalible la razón humana? ¿Acaso no está atada a lo material, a través de su soporte físico? La mente no existe con indepenencia al cuerpo, ni viceversa. Por lo tanto, está limitada por la enfermedad, la demencia, la embriaguez...
¿Seríamos capaces de distinguir un sueño o alucinación de la realidad? Tal vez nunca hemos visto la realidad. Puede que sea imposible construir máquinas voladoras, pero en nuestra enajenación no conocemos ninguna otra realidad alternativa.
El génesis del mal que estamos rastreando no se remonta a la alienante Revolución Industrial, ni al ingenuo siglo de Les Lumières, ni tampoco al oscuro teocentrismo medieval. Habría que retroceder hasta el siglo V a.C. cuando “el gran corruptor”, Sócrates, tomó un camino sin vuelta atrás.
Sócrates fue el primero de una larga lista de filósofos que auspiciaban la búsqueda de verdades universales y esencias ininteligibles. Su discípulo Platón dio un paso más, negando lo que conocia por medio de sus sentidos y su experiencia, y creando una realidad ultramundana donde todo era acorde a la razón. El cristinismo, después de asimilar el platonismo, inventó un mundo utópico más allá de la muerte y proclamó que esta existencia no es más que un “valle del llanto”, un pasaje transitorio hacia la otra vida. Durante los largos siglos en que la razón quedó subordinada a la fe, la religión se convirtió en el opio del pueblo.
Más tarde, con la llegada de la Ilustración, asistimos al triunfo total de la razón. Los enciclopedistas creen ingenuamente que la maldad es consecuencia de la ignorancia, y que en un mundo culto no puede existir la injusticia. A partir de la Revolución Francesa, surgen diversas utopías (marxismo, anarquismo, liberalismo) que confian en la fuerza de la razón para crear el más justo de los mundos posibles.
Y como no podia ser menos, el siglo de las luces trajo consigo la Revolución Industrial que habia de traer bienestar a la humanidad al sustituir a las personas por máquinas en los trabajos más duros. Irónicamente, la calidad de vida de las masas proletarias se esfumó por completo. Cualquier mejora social hubo de ser conquistada con sangre y acero.
A la Revolución Industrial le siguió el imperialismo, el colonialismo, las grandes guerras y el holocausto. Pero el horror no terminó con la bomba atómica (que debia ahorrar muchas vidas), sino que a dia de hoy continúan los genocidios.
De todo esto podemos obtener una conclusión: el progreso técnico no trajo consigo el progreso moral. Ni un mundo más justo ni bienestar: el 80% de la humanidad vive por debajo del umbral de la pobreza. En otras palabras, nuestro merecido estado del bienestar se sustenta a base de extraer el suyo a enormes masas proletarias en el Tercer Mundo.
Los Ilustrados se equivocaron al creer que la razón traeria el Bien y curaria la ignoracia y la maldad. Al parecer, hace falta algo más: el conocimiento también puede ser usado para el mal.
Por esta razón, existen tres grandes pensadores, Marx, Nietzsche y Freud, llamados los "maestros de la sospecha”, que opinan que Occidente ha seguido un camino erróneo desde que sustituyó de forma autoritaria el mito por el logos. Cada uno abordó el problema desde una perpectiva distinta: económica, moral y conductual, con el atractivo adicional de que ninguno de los tres era filósofo de formación académica.
En lo sucesivo, analizaremos la opinión de cada uno de ellos.

